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Los Goyas Lejanos

  • 2 mar
  • 2 Min. de lectura


Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España Premios Goya


Una vez más, los Goyas han confirmado lo evidente: el cine español vive cada vez más lejos de la gente. Lejos del espectador que paga una entrada. Lejos del vecino que pasa dificultades. Lejos incluso de la calle donde se celebra la propia gala.


La ceremonia se ha convertido en una burbuja autorreferencial donde los mismos se premian a los mismos, se felicitan entre ellos y se convencen de que están haciendo algo trascendental. Pero fuera del teatro, la realidad sigue su curso sin pedirles opinión. Y lo peor es que a ellos parece no importarles.


Lo que sí importa —y mucho— es lo que ocurre a 3.500 kilómetros. Ahí aparecen las grandes declaraciones, los discursos solemnes, las consignas internacionales que otorgan estatus moral. Porque lo lejano da glamour. Lo lejano viste. Lo lejano permite posar como conciencia universal sin tener que implicarse en lo inmediato.


Lo cercano, en cambio, incomoda. Mirar el propio barrio obliga a asumir responsabilidades. Hablar del bloque donde alguien no llega a fin de mes no genera titulares épicos. Señalar los problemas de las calles que rodean el teatro no da prestigio social. Eso no construye personaje. Eso no engorda el relato.


Y en medio de todo, la élitecracia cultural desfilando por la alfombra roja como si el país entero estuviera pendiente de cada detalle. ¿En qué momento decidieron que nos importa el vestido que llevan, la marca que patrocinó el traje o las joyas que lucen en una gala que cada año interesa a menos gente? ¿Quién les ha hecho creer que el estilismo es noticia nacional cuando la audiencia cae y el público desconecta?


Hay algo profundamente desconectado en esa puesta en escena: discursos moralizantes dentro y exhibición frívola fuera. Sermón social en el escenario y pasarela de vanidades en la alfombra. Una combinación difícil de sostener cuando el producto que premian apenas genera entusiasmo.


El problema no es solo la estética. Es el fondo. Un cine cada vez más endogámico, más ideologizado y, en demasiadas ocasiones, más aburrido. Mucho mensaje, poca historia. Mucha pose, poco riesgo. Películas que existen porque hay financiación garantizada, no porque haya una demanda real del público.


La subvención no es ilegítima; la complacencia sí lo es. Cuando no necesitas convencer al espectador porque ya tienes el presupuesto asegurado, la exigencia baja. Y cuando la exigencia baja, la calidad se resiente. El resultado es un sector que se celebra a sí mismo mientras pierde relevancia social.


Los Goyas deberían ser una fiesta del talento que conecta con la sociedad. Hoy son el reflejo de una élite cultural que se mira al espejo y se gusta, aunque cada vez menos gente la esté mirando.


Mientras sigan preocupados por lo que ocurre a 3.500 kilómetros y desprecien lo que sucede a 350 metros de su propia gala, seguirán alejándose. Y mientras crean que el país está pendiente de sus vestidos y sus joyas, seguirán sin entender por qué el país ya no está pendiente de ellos.


Esa es la verdadera distancia. Y es cada año mayor.


Miguel Ángel Arranz

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