LOS SINDICATOS SE MANIFIESTAN EN CONTRA DEL PARTIDO POPULAR

Es de locos lo de los comegambas de este país.
Después de una legislatura en la que los grandes sindicatos han tenido motivos de sobra para movilizarse por la vivienda, el coste de la vida o la pérdida de poder adquisitivo, resulta que la gran huelga general llega ahora. Precisamente ahora. Con las elecciones generales convocadas y España entrando de lleno en periodo electoral.
CCOO y UGT han anunciado una huelga general de 24 horas para este otoño. Oficialmente, para reclamar salarios dignos y facilitar el acceso a una vivienda. La convocatoria llega después de las movilizaciones impulsadas por el Sindicato de Inquilinas y del rechazo parlamentario a los decretos de vivienda. Y la fecha definitiva se decidirá conjuntamente con organizaciones sociales y el propio Sindicato de Inquilinas.
Hasta aquí, los hechos.
Ahora viene la pregunta incómoda: ¿por qué ahora?
Porque la crisis de la vivienda no nació la semana pasada. Los alquileres no comenzaron a subir cuando se convocaron las elecciones. Los jóvenes no descubrieron hace cuatro días que independizarse se había convertido casi en un artículo de lujo. Los trabajadores llevan años soportando precios disparados.
Pero la huelga general llega ahora. Y aunque Pepe Álvarez haya asegurado que no se celebrará durante la campaña electoral y sostenga que la convocatoria ya se estaba preparando antes del anuncio electoral, resulta legítimo preguntarse por el efecto político que tendrá semejante movilización a las puertas de unas elecciones.
Porque una huelga general no ocurre en el vacío. Genera titulares, manifestaciones, pancartas, tensión política y calles llenas. Y todo eso sucederá mientras España decide quién gobierna. Qué casualidad.
Durante décadas nos han vendido la imagen romántica del sindicalista enfrentándose al poder. El problema aparece cuando una parte de la ciudadanía empieza a preguntarse si determinados sindicatos siguen fiscalizando al poder con la misma intensidad gobierne quien gobierne.
Ahí está el verdadero debate.
Quizá también haya llegado el momento de discutir el modelo sindical español sin complejos: su financiación, sus subvenciones, su representatividad real y su independencia respecto de los gobiernos.
Porque el sindicalismo tiene una función esencial cuando representa al trabajador. Cuando defiende sus salarios, sus condiciones laborales y sus derechos frente a quien corresponda.
Pero cuando existe la percepción de que la contundencia depende del color político que ocupa La Moncloa, el sindicalismo deja de inspirar confianza.
Y esa confianza no se recupera con banderas, pancartas ni soflamas sobre la lucha obrera. Se recupera demostrando independencia. Los propios sindicatos sostienen que esta huelga pretende interpelar a las administraciones públicas y también a las organizaciones empresariales, y reclaman, entre otras cuestiones, mejores salarios, vivienda protegida permanente y limitaciones a los precios del alquiler. Esa es su explicación y debe constar.
Pero también debe constar otra cosa: la oportunidad política es extraordinaria. Elecciones convocadas. Campaña a la vuelta de la esquina. Y los grandes sindicatos calentando motores para una huelga general.
El viejo sindicalismo hablaba de plantar cara al poder. El problema es que algunos empiezan a preguntarse si este nuevo sindicalismo no ha encontrado una misión bastante más cómoda:
salir a la calle cuando el poder necesita que la calle haga ruido.
Miguel Ángel Arranz
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