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Los Sánchez-Acera: cuando el poder se hereda y la obediencia se premia

  • hace 6 días
  • 2 min de lectura

Muchos habéis sido los que durante el día de ayer os pusisteis en contacto conmigo para darme las gracias por sacar a la luz determinados nombres y determinadas dinámicas que llevan años instaladas en el Ayuntamiento de Alcobendas. Y sinceramente, entiendo perfectamente vuestra reacción, porque cada vez más vecinos tienen la sensación de que aquí hay auténticas sagas políticas que funcionan casi como estructuras hereditarias. Como si determinados puestos, determinadas influencias y determinados privilegios fueran pasando de mano en mano, de despacho en despacho y de apellido en apellido.


Y cuanto más se profundiza, más evidente resulta la relación directa de la familia Sánchez-Acera con el poder sanchista. Porque aquí no hablamos solamente de afinidad ideológica. Hablamos de poder real, de colocación real y de ascenso político perfectamente sincronizado con el auge de Pedro Sánchez dentro del PSOE.


El ejemplo de Rafael Sánchez Acera es clarísimo. Nada más dejar la alcaldía de Alcobendas aparece premiado con un auténtico puestazo en una empresa pública, con un salario superior a los 120.000 euros anuales. Y que cada uno piense lo que quiera, pero todos sabemos cómo funcionan determinadas recompensas dentro del Partido Socialista actual. Allí los premios rara vez llegan por méritos técnicos extraordinarios. Llegan por lealtades, por obediencias y por servicios prestados.


Y el caso de Pilar Sánchez Acera va exactamente en la misma dirección. Es precisamente en plena etapa sanchista cuando más crece políticamente. Se convierte en una figura muy cercana al núcleo duro de Moncloa, llegando a ocupar cargos de máxima confianza alrededor de Pedro Sánchez. Nada menos que directora de gabinete del director de gabinete. Y después, cuando el asunto de las filtraciones relacionadas con el novio de Ayuso empieza a generar demasiado ruido político, casualmente aparece recolocada como número dos del PSOE madrileño.


Todo muy normal. Todo muy casual. Todo muy transparente, supongo. Porque esa es la realidad del PSOE actual: tener poder no significa necesariamente tener talento, ni una trayectoria brillante, ni una capacidad excepcional de gestión. Significa, sobre todo, ser agradecido con el líder. Significa rendirse políticamente a Pedro Sánchez y formar parte del engranaje de fidelidades personales que hoy domina el socialismo español.


Y sobre Rafael Sánchez Acera, yo simplemente voy a dar un dato. Un dato objetivo. La primera gran decisión política que tomó conmigo cuando comprobó que yo no era maleable, cuando comprobó que yo no era dócil y cuando vio que no estaba dispuesto a mirar hacia otro lado ante determinadas cuestiones que ocurrían dentro del Ayuntamiento, fue quitarme la delegación de Urbanismo, Licencias y Ordenación del Territorio. No tardó demasiado. Me retiró esas competencias y pasó a asumirlas él personalmente. Seguramente porque consideró que él las gestionaría mejor. No lo dudo. O quizá por otros motivos que nunca llegaremos a conocer. Pero eso será un capítulo para otro día. Porque ahí también hay mucho que contar.


Los hechos son los hechos. Y cuando alguien deja de ser útil, deja de ser manejable o deja de aceptar determinadas dinámicas, automáticamente empieza a molestar. Especialmente en estructuras políticas donde la obediencia vale más que la independencia.


Y eso, en Alcobendas, muchos lo conocen desde hace años.


Miguel Ángel Arranz

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