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«NO HABRÁ PAZ EN LAS CALLES»: LA IZQUIERDA SE QUITA LA CARETA

9 oct
3 min de lectura



Esto ya empieza a adquirir unos tintes verdaderamente preocupantes. Ya no hablamos solamente de insultos, descalificaciones o de esa superioridad moral con la que determinados sectores de la izquierda llevan años repartiendo carnés de buenos y malos españoles. Ahora hemos dado un paso más. Manuela Bergerot, portavoz de Más Madrid en la Asamblea de Madrid, ha anunciado que no habrá paz en las calles. Así, sin anestesia. Y uno empieza a preguntarse qué demonios está pasando en este país.


Porque hay frases que no deberían pronunciarse jamás desde una tribuna parlamentaria. Y esta es una de ellas. No sé si Bergerot hablaba desde el corazón, desde la indignación o desde esa arrogancia política que confunde la calle con una propiedad privada de la izquierda. Pero sus palabras retratan una forma de entender la política que resulta profundamente inquietante: o estás conmigo o estás contra mí. Y, si estás contra mí, prepárate.


¿Qué significa exactamente que no habrá paz en las calles? ¿Es una advertencia política? ¿Es una amenaza? ¿Es una invitación a la movilización permanente? ¿O debemos entender que quienes no compartimos sus ideas tendremos que acostumbrarnos a un clima de intimidación? Porque no estamos hablando de una conversación de bar. Estamos hablando de la portavoz parlamentaria de un partido político.


Quiero pensar que no se refería a la violencia física. Quiero pensar que no estaba anunciando nada parecido. Pero, sinceramente, después de escuchar semejante declaración, tampoco pienso hacer el ejercicio de interpretar sus palabras de la manera más favorable posible. Quien anuncia que no habrá paz tiene la obligación de explicar qué clase de ausencia de paz está anunciando. Y hacerlo sin rodeos.


España acaba de entrar en un proceso electoral y lo último que necesita es una izquierda empeñada en convertir cada desacuerdo político en una batalla callejera. Porque protestar es un derecho constitucional, manifestarse también y criticar a un Gobierno forma parte de cualquier democracia. Pero una cosa es protestar y otra muy distinta utilizar la amenaza de la conflictividad como instrumento de presión política.


Y aquí aparece una cuestión todavía más grave. ¿Vamos a poder hacer campaña electoral tranquilamente? ¿Vamos a poder acudir a nuestros actos, defender nuestras ideas y caminar por nuestras ciudades sin tener que demostrar previamente que pertenecemos al bando ideológico correcto? ¿O habrá que pedir permiso a los guardianes de la supuesta superioridad moral progresista?


La calle no es de Más Madrid. No es del PSOE. No es de la izquierda. La calle es de todos los españoles. También de quienes votamos diferente, pensamos diferente y no estamos dispuestos a aceptar que nadie nos señale como enemigos por nuestras convicciones.


Lo verdaderamente peligroso de este discurso es la normalidad con la que empieza a instalarse. Hoy se anuncia que no habrá paz. Mañana se justificará cualquier altercado como una expresión de indignación popular. Y pasado mañana, si alguien termina intimidado por defender unas ideas distintas, siempre habrá quien busque una explicación política para disculpar lo que jamás debería disculparse.


Y no. No estoy afirmando que Bergerot haya ordenado cometer actos violentos. Estoy afirmando algo políticamente demoledor: una representante pública ha elegido anunciar la ausencia de paz en lugar de defender la protesta pacífica. Y esa elección de palabras merece una respuesta contundente.


La izquierda que presume de tolerancia debería empezar por demostrarla cuando pierde una votación, cuando gobierna otro partido o cuando descubre que millones de ciudadanos no piensan como ella. Porque la democracia no consiste en aceptar los resultados solamente cuando gana tu bando.


A estas alturas, quizá la pregunta ya no sea qué quiso decir Manuela Bergerot. La pregunta es por qué una dirigente política considera aceptable pronunciar semejante advertencia desde la Asamblea de Madrid.


Nosotros no queremos calles incendiadas, ni campañas violentas, ni ciudadanos intimidados. Queremos urnas, libertad y democracia.


Y que nadie se equivoque: no vamos a pedir permiso a la izquierda para salir a la calle, defender nuestras ideas ni ejercer nuestros derechos.


Porque España no pertenece a quienes más gritan, más amenazan o más agitan.


España también es nuestra. Y la paz en sus calles no se negocia.


Miguel Ángel Arranz

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