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¿No politicen el dolor?

  • 24 ene
  • 2 Min. de lectura


Sé que este es un debate incómodo. Incómodo de verdad. Pero también sé que es una realidad en un país profundamente polarizado, donde ya casi nada se mira con humanidad, sino con trinchera. Precisamente por eso hay que decirlo sin rodeos.


Ahora nos piden “no politizar el dolor”. Lo dicen quienes llevan años haciéndolo cuando les conviene. Camisetas con los muertos de las residencias en Madrid durante el COVID convertidos en consigna. El 11-M estirado hasta la extenuación, no para honrar a las víctimas, sino para seguir pasando facturas políticas. Y Gabriel Rufián, exhibiendo una cuerda en el Congreso, reduciendo una tragedia humana a un gesto teatral para redes y titulares.


Esto no va de sensibilidad. Va de relato. En una España dividida, el dolor ya no une: se clasifica. Hay víctimas útiles y víctimas incómodas. Hay tragedias que se amplifican y otras que se silencian. No por respeto, sino por estrategia.


Con las víctimas de ETA lo hemos visto demasiadas veces. Silencios largos, condenas tibias, homenajes descafeinados. Se habla de convivencia mientras se blanquea el pasado. Se pide pasar página sin haber leído el libro entero. Y quien protesta, “politiza”.


Con la violencia machista ocurre algo similar: el dolor se instrumentaliza según encaje o no en el marco ideológico. No todas las víctimas sirven para el mismo discurso. Algunas se elevan; otras se esconden. Eso no es protección, es uso selectivo del sufrimiento.


Y la pandemia lo dejó al descubierto: ancianos, sanitarios y familias convertidos en piezas de un tablero político. Se exigía duelo dirigido, indignación pautada y silencio para lo que no interesaba. En ese clima, discrepar era “faltar al respeto”.


La verdad incómoda es esta: en un país polarizado, el dolor se ha convertido en munición. Y los mismos que hoy piden no politizarlo son, casi siempre, quienes primero lo sacaron a pasear cuando les fue útil.


No es el dolor el problema. El problema es quién lo manipula, cuándo y con qué intención. Y mientras no se diga claro, seguiremos fingiendo que es una cuestión de sensibilidad cuando, en realidad, es de decencia.


Miguel Ángel Arranz

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