Patxi López desnortado.
- 26 mar
- 2 Min. de lectura

Hay intervenciones que retratan más al que habla que a quien pretende señalar. La de Patxi López en el Congreso no fue una excepción. Fue, directamente, un ejercicio de desubicación política, moral y personal.
Salir a un atril para convertir a un periodista incómodo —Vito Quiles— en poco menos que un matón de barrio, un acosador, casi un elemento violento, no es solo una exageración grotesca. Es algo peor: es el síntoma de alguien que ya no distingue entre adversario, crítico y enemigo. Y cuando un político llega a ese punto, está perdido.
Porque aquí no estamos hablando de un diputado cualquiera. Estamos hablando de alguien que ha vivido lo que significa el terror de verdad. Que ha tenido que asistir a funerales de compañeros asesinados por ETA. Que sabe perfectamente lo que es un matón. No de palabra. De tiro en la nuca. Y ahí es donde todo se rompe.
Porque ese mismo Patxi López que ayer elevaba el tono hasta lo grotesco para señalar a un periodista, guarda un silencio quirúrgico cuando toca hablar de los que de verdad sembraron el terror en este país. Ni una palabra incómoda sobre Amboto. Ni una crítica seria sobre beneficios penitenciarios que indignan a las víctimas. Nada. Silencio.
Y ese silencio no es casual. Es político. Es interesado. Es el precio de seguir donde está. Aquí no hay confusión. Aquí hay cálculo. Patxi López no está desnortado porque no sepa lo que dice. Está desnortado porque ya no puede decir otra cosa. Porque su trayectoria ha quedado completamente atada al sanchismo, y eso tiene consecuencias: o tragas con todo o desapareces. Y él ha elegido tragar.
El problema es que, cuando tragas demasiado, acabas perdiendo cualquier autoridad moral para señalar a nadie. No puedes llamar matón a un periodista mientras blanqueas, por acción u omisión, a quienes fueron matones de verdad. No puedes sobreactuar indignación selectiva y pretender que nadie note el contraste. No puedes, en definitiva, reescribir el significado de la violencia según te convenga políticamente. Eso no es política. Eso es degradación.
Lo preocupante no es solo el espectáculo de ayer. Lo preocupante es lo que refleja: un Congreso donde el insulto sustituye al argumento, donde la caricatura sustituye al debate y donde algunos, como Patxi López, han decidido que su supervivencia política pasa por sobreactuar hacia un lado mientras miran hacia otro. Y eso tiene un nombre: decadencia.
Porque al final, la sensación que deja no es la de un político firme, ni la de alguien combativo. Es la de alguien agotado. Sin discurso propio. Sin margen. Sin salida.
Un político que, o está desnortado… o simplemente ya no tiene dónde caerse muerto políticamente.
Miguel Ángel Arranz

.png)




