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Pedro Sánchez, el nuevo Orbán pero con China.

  • 13 abr
  • 2 Min. de lectura


Europa ha pasado años soportando a Viktor Orbán como una anomalía incómoda dentro del proyecto comunitario. No por sus discursos —que también— sino por algo más grave: su papel como bisagra de intereses ajenos dentro de la propia Unión. Un dirigente que jugaba a dos bandas, debilitando la cohesión europea mientras miraba hacia Moscú.


Y Europa ha reaccionado. Tarde, como siempre, pero ha reaccionado. Aislamiento político, presión económica y una vigilancia constante que, en la práctica, lo ha dejado fuera del núcleo duro de decisiones. Traducido: se lo han quitado de en medio como actor relevante.


Pero aquí viene el problema. Mientras Bruselas cerraba la puerta a Rusia por el este, alguien ha decidido abrir una ventana por el otro lado. Y ese alguien es Pedro Sánchez.


No es una exageración. Es una deriva. Sánchez no está alineando a España con Europa; está tensionando esa relación con movimientos que generan desconfianza directa en Bruselas. Y no es por ideología —que es lo de menos— sino por intereses estratégicos. Porque aquí ya no hablamos de izquierda o derecha. Hablamos de lealtad dentro de un bloque político y económico.


El acercamiento a China no es puntual. Es estructural. Ahí está el papel de Huawei en infraestructuras críticas, en telecomunicaciones, en redes donde otros países europeos han puesto freno por razones de seguridad. Mientras Alemania, Francia o incluso Reino Unido endurecen posiciones, España abre la puerta.


Ahí está también la política comercial. Mientras la Unión Europea estudia cómo proteger su industria frente a la avalancha de vehículos eléctricos chinos subvencionados, España actúa como si el problema no fuera con ella. Como si no afectara a su tejido productivo. Como si jugar a ser el alumno aventajado de Pekín no tuviera coste.


Y lo tiene. Porque el paralelismo es evidente, aunque a algunos les incomode:

Orbán miraba a Rusia. Sánchez mira a China. Uno desde la derecha, otro desde la izquierda. Pero el resultado es el mismo: debilitar la posición común europea desde dentro.


Eso es lo que no se quiere decir en público, pero ya se comenta en privado en Bruselas. La Unión Europea no teme las diferencias ideológicas; las ha gestionado siempre. Lo que no tolera es la deslealtad estratégica. Y en ese terreno, Sánchez empieza a moverse peligrosamente cerca de la línea roja.


Porque cuando un país miembro actúa como caballo de Troya de intereses externos, deja de ser un socio fiable. Y pasa a ser un problema.


Exactamente lo que fue Orbán. La diferencia es que a Orbán ya le han tomado la matrícula.


A Sánchez, todavía no. Pero va en camino. Y cuando Europa decide actuar, no lo hace con discursos. Lo hace con hechos.


Miguel Ángel Arranz

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