Pedro Sánchez, igual de Petro, no reconocerá las urnas
- hace 6 días
- 3 min de lectura

Hay acontecimientos internacionales que conviene observar no solo por lo que ocurre en esos países, sino por lo que pueden anticipar sobre dinámicas políticas que terminan reproduciéndose en otros lugares. Lo que estamos viendo en Colombia debería servir como advertencia para España.
Durante años, una parte importante de la izquierda política española defendió que cuestionar procesos electorales, sembrar dudas sobre los resultados o denunciar supuestas manipulaciones sin pruebas era un comportamiento intolerable. Se nos dijo que poner en cuestión la legitimidad de las urnas suponía un ataque directo a la democracia. Era una línea roja infranqueable.
Sin embargo, la política tiene una curiosa capacidad para cambiar de principios cuando cambian los intereses.
El sanchismo ha demostrado durante los últimos años que prácticamente cualquier posición política puede ser modificada si la supervivencia en el poder así lo exige. Lo hemos visto con pactos que antes eran imposibles, con socios que eran inaceptables y con decisiones que se justificaban exactamente en sentido contrario pocos meses antes. El único principio permanente parece ser la permanencia en el Gobierno.
Por eso resulta razonable preguntarse qué ocurriría si el PSOE pierde unas elecciones generales y la diferencia fuese suficientemente clara como para impedir cualquier combinación parlamentaria que le permitiera seguir gobernando.
¿Reconocería inmediatamente el resultado?
Muchos ciudadanos responderían que sí, porque así funciona una democracia. Sin embargo, la experiencia reciente invita a pensar que podrían aparecer explicaciones alternativas antes de asumir una derrota política. Escucharíamos hablar de campañas de desinformación, de interferencias mediáticas, de conspiraciones judiciales, de poderes económicos, de bulos organizados o de cualquier otro elemento capaz de desplazar la responsabilidad de la derrota fuera de las propias decisiones del Gobierno.
Llevamos años escuchando conceptos como «lawfare», «cloacas», «campañas de desestabilización» o supuestas operaciones permanentes contra el Ejecutivo. Cuando un partido construye durante tanto tiempo el relato de que existe una maquinaria trabajando para derribarlo, corre el riesgo de terminar creyendo que cualquier derrota electoral es consecuencia de esa maquinaria y no de la voluntad de los ciudadanos.
Y ahí es donde aparece el verdadero peligro.
No porque España no tenga garantías democráticas. Las tiene. No porque el sistema electoral español sea débil. No lo es. Sino porque la erosión de la confianza en las instituciones suele comenzar cuando quienes gobiernan empiezan a insinuar que solo son legítimos los resultados que les favorecen.
Lo paradójico es que muchos de los que hace unos años denunciaban con contundencia cualquier crítica al sistema electoral podrían ser los primeros en buscar explicaciones extraordinarias si las urnas les envían a la oposición. Lo que ayer era un ataque a la democracia podría convertirse mañana en una supuesta defensa de la democracia.
La historia política demuestra que ningún gobierno está dispuesto a abandonar el poder con la misma facilidad con la que llegó a él. Algunos lo hacen con elegancia institucional. Otros buscan culpables. Otros intentan prolongar el relato de la ilegitimidad del adversario.
España deberá estar preparada para ese escenario. Sé que muchos pensarán que algo así nunca podría ocurrir en España. Pero tampoco iba a ocurrir una amnistía negociada para garantizar una investidura. Tampoco iba a ocurrir que la esposa de un presidente del Gobierno fuera investigada judicialmente. Tampoco iba a ocurrir que la estabilidad de un Gobierno dependiera permanentemente de partidos cuyo principal objetivo es obtener ventajas para sus propios intereses territoriales. Sin embargo, todo eso ha terminado ocurriendo.
Nos hemos acostumbrado a ver en España situaciones políticas que hace apenas unos años parecían propias de otras latitudes. Por eso conviene no descartar ningún escenario simplemente porque hoy parezca improbable. La historia reciente demuestra que muchas de las cosas que se presentaban como imposibles acabaron convirtiéndose en realidad.
Porque la fortaleza de una democracia no se mide cuando un partido gana, sino cuando acepta perder.
Y si algún día el PSOE pierde unas elecciones generales, la verdadera prueba no será la victoria de la oposición. La verdadera prueba será comprobar si quienes llevan años presentándose como los grandes defensores de las instituciones son capaces de aceptar el veredicto de las urnas sin excusas, sin relatos alternativos y sin intentar convencer a sus votantes de que la derrota solo puede explicarse mediante una conspiración.
Porque cuando un partido llega a creer que él representa al Estado, cualquier derrota electoral deja de verse como una decisión de los ciudadanos y empieza a interpretarse como una anomalía que debe ser corregida. Y esa es una tentación que ninguna democracia debería permitirse.
Miguel Ángel Arranz

.png)




