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¿Que más da? Solo quiero tu voto

  • 16 abr
  • 2 Min. de lectura

Hay decisiones políticas que se visten de humanidad, pero huelen a cálculo. Y esta es una de ellas. La regularización masiva que plantea el Gobierno no parte de una pregunta básica —¿quién entra y en qué condiciones?— sino de una premisa mucho más simple: cuantos más, mejor. Mejor para qué, ya lo intuimos todos. Porque aquí no se está hablando de integración. Se está hablando de volumen.

 

No se exige idioma. No se exige conocimiento mínimo del país al que se llega. No se exige un plan real de inserción laboral. No se exige nada que se parezca mínimamente a un proceso serio de integración. Y lo más llamativo: ni siquiera se establece un filtro claro en materia de seguridad más allá de una especie de «depende del delito». Como si la política migratoria fuese un mercadillo donde todo es negociable según la prisa que tengas.

 

Mientras tanto, otros países de Europa —los mismos a los que tanto se mira cuando interesa— exigen idioma, exigen adaptación cultural, exigen capacidad de integración real. Aquí no. Aquí basta con estar. Y claro, luego nos sorprenderemos.

 

Nos sorprenderemos cuando esas personas regularizadas no encuentren trabajo. Cuando no accedan a vivienda. Cuando queden atrapadas en una precariedad estructural que no han generado ellas, sino quienes las han utilizado como cifra. Porque ese es el otro gran cinismo: se vende como un gesto solidario algo que no garantiza absolutamente nada. Ni futuro, ni estabilidad, ni dignidad real.

 

Regularizar sin integrar es abandonar con papeles.

 

Pero hay algo todavía más incómodo. Europa. Una Unión Europea obsesionada con regular hasta el diámetro del tapón de una botella, con estudios, informes y comités interminables, pero que en cuestiones de fondo —como quién pasa a formar parte de su espacio común— mira hacia otro lado cuando le conviene. Porque no nos engañemos: quien se regulariza en España no se queda solo en España. Se convierte en ciudadano europeo. Y eso ya no es una decisión nacional, es una decisión con impacto continental.

 

Pero aquí nadie dice nada. Ni Bruselas levanta la voz. Ni el Gobierno explica las consecuencias reales. Ni se habla del efecto llamada que esto genera. Porque todo eso complica el relato. Y el relato tiene que ser limpio, rápido y emocional. Y sobre todo, útil.

 

Útil para lo único que parece importar en este tipo de decisiones: el voto. Un voto futuro. Un voto agradecido. Un voto que no pregunte demasiado. Porque al final, ese es el mensaje que subyace, aunque no se diga en voz alta: no importa quién seas, no importa cómo llegues, no importa si encajas o no. Con que algún día puedas meter una papeleta en una urna, es suficiente.

 

Y luego nos preguntaremos por qué la política ha dejado de ser creíble. Pues por esto. Porque cuando un Gobierno convierte algo tan serio como la inmigración en una herramienta electoral, deja de gobernar un país y empieza a gestionar expectativas.

 

Y las expectativas, cuando no se cumplen, siempre acaban pasando factura. También en las urnas.


Miguel Ángel Arranz

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