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Somos los mejores. Ahora nos falta ganar el Campeonato del Mundo.

  • 15 jul
  • 3 min de lectura



No soy experto en fútbol. Mucho menos analista deportivo. De hecho, hoy me salgo deliberadamente del guion. Pero hay algo que siempre me ha apasionado observar: cómo se comportan las personas, cómo evolucionan las sociedades y qué fenómenos terminan conectando con millones de ciudadanos al mismo tiempo.


Y eso, precisamente, es lo que creo que está ocurriendo con esta selección española.


Más allá de los resultados, más allá del talento indiscutible de sus jugadores y más allá de la calidad futbolística que exhibe sobre el terreno de juego, esta selección ha conseguido algo mucho más difícil: cambiar una percepción social.


Durante años, el futbolista de élite estuvo asociado, con razón o sin ella, a una imagen de exceso de ego, individualismo, declaraciones grandilocuentes y protagonismos personales. Esa imagen no desapareció de un día para otro, pero esta generación ha construido un relato completamente distinto.


Hoy la sensación que transmite España es la de un grupo. No la de once estrellas. La de un equipo. Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, explica muchas cosas.


Desde una perspectiva sociológica, las personas conectamos mucho más con quienes representan valores compartidos que con quienes únicamente representan el éxito. Admiramos al que gana, pero nos identificamos con quien transmite esfuerzo, humildad y compañerismo.

Eso es exactamente lo que, a mi juicio, está proyectando esta selección.


Se celebra el gol del compañero con la misma intensidad que el propio. Se habla del grupo antes que de uno mismo. Se transmite normalidad en las victorias y serenidad en los momentos difíciles. No parece existir esa necesidad constante de fabricar héroes individuales.


Y cuando una sociedad encuentra un referente colectivo en lugar de un ídolo aislado, ocurre algo muy interesante: la gente siente que también forma parte del éxito.


No es casualidad que millones de españoles, con ideas políticas, edades, profesiones y formas de entender la vida completamente distintas, hayan encontrado un motivo común para ilusionarse.

Porque el fútbol es, muchas veces, una excusa.


Lo importante son los valores que representa. Y ahí aparece una figura que, probablemente, explica buena parte de lo que estamos viendo: el seleccionador.


Un líder no es únicamente quien toma decisiones tácticas. También es quien marca la cultura del grupo. Quien establece qué comportamientos son aceptables y cuáles no. Quien consigue que el “nosotros” esté siempre por delante del “yo”. La humildad no suele imponerse. Se contagia.


Y cuando el primero en transmitir serenidad, trabajo, respeto y espíritu colectivo es quien dirige el proyecto, resulta mucho más fácil que ese comportamiento termine extendiéndose al resto del vestuario. Quizá por eso esta selección transmite algo diferente.


No solo juega bien. Da la sensación de disfrutar trabajando junta. Y eso, en cualquier organización —sea una empresa, una familia, una asociación o un equipo de fútbol— suele ser la antesala de los grandes éxitos.


No sé si España acabará levantando el próximo Campeonato del Mundo. En el deporte nunca existen garantías. Pero sí tengo claro que ya ha conseguido una victoria importante. Ha demostrado que se puede ganar sin arrogancia. Que se puede competir sin perder la humildad.


Que el talento alcanza su máxima expresión cuando se pone al servicio del colectivo. Y, en una época en la que tantas veces se premia el individualismo, quizá esa sea la lección más valiosa que esta selección está dejando dentro y fuera del terreno de juego.


Ojalá llegue también el Mundial. Pero, pase lo que pase, esta generación ya ha ganado algo que trasciende al fútbol: el respeto y la admiración de un país que vuelve a reconocerse en un equipo que antepone el “nosotros” al “yo”.


Miguel Ángel Arranz

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