Y ahora, Julio Iglesias
- 14 ene
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La política española se ha convertido en un karaoke de verano: la izquierda elige la canción y la derecha se lanza a cantarla, desafinando, amplificando el ruido y haciendo exactamente lo que no debería. Y ahora, Julio Iglesias. Mañana será otra cosa. Da igual el tema. El patrón se repite con una precisión casi científica.
La izquierda —y aquí el PSOE juega con ventaja— sabe marcar agenda. Sabe introducir asuntos irrelevantes, identitarios o puramente emocionales y convertirlos en el centro del debate público. Eso lo hace bien. Muy bien. El problema no es ese. El problema es que enfrente no hay nadie con la mínima inteligencia estratégica para decir: por ahí no paso.
El Partido Popular está completamente incapacitado para liderar un marco propio. Alberto Núñez Feijóo no marca agenda, no condiciona el debate, no genera seguimiento ni predicamento. Va a rebufo. Siempre. Cada vez que la izquierda lanza un señuelo, el PP entra como un miura mal toreado: de frente, sin cabeza y haciendo grande lo que debía ser insignificante.
Y Vox, lejos de corregir esto, lo empeora. Reacciona con estridencia, sobreactúa, se indigna donde no toca y acaba reforzando exactamente el marco que la izquierda quería imponer. Mucho músculo retórico, cero estrategia política. El resultado es devastador: agenda ajena, debates ajenos y prioridades que no son las suyas… ni las de sus votantes.
Mientras tanto, los problemas reales —economía, fiscalidad, seguridad, servicios públicos, Estado de derecho— quedan sepultados bajo polémicas prefabricadas. Y la derecha, en lugar de desmontarlas o ignorarlas, las eleva, las discute y las convierte en tema nacional. Es suicidio político, repetido en bucle.
Así no se gana. Así se eterniza al adversario. Porque mientras PP y Vox sigan jugando al juego que dicta la izquierda, Pedro Sánchez seguirá en La Moncloa. Años. Años y años. No por brillantez propia, sino por la absoluta incompetencia estratégica de quienes deberían disputarle el poder.
Esto es lo que hay. Y si no cambian radicalmente, no es que no gobiernen: es que ni siquiera merecen hacerlo
Miguel Ángel Arranz.





