VOX empieza a parecerse demasiado al Sanchismo.
- 17 may
- 3 min de lectura

Hay un momento en política en el que un partido deja de parecer una alternativa y empieza a parecer una copia estética del sistema que criticaba. Y eso es exactamente lo que le está empezando a ocurrir a Vox.
La noticia conocida sobre la incorporación de un abogado para perseguir el denominado “acoso digital” o fiscalizar críticas en redes sociales demuestra algo evidente: Vox ya no quiere combatir determinadas críticas políticamente. Quiere combatirlas jurídicamente. Y eso, aunque sea perfectamente legítimo, es exactamente el mismo tic que lleva años denunciando en la izquierda.
Porque esa es la cuestión de fondo. Nadie discute que un partido tenga derecho a defenderse si existe difamación, amenazas o delitos reales. Por supuesto que lo tiene. El problema aparece cuando la política empieza a judicializar la crítica constante, el ruido de redes o incluso la oposición interna y externa. Ahí es donde el discurso de Vox empieza a entrar en contradicción consigo mismo.
Durante años, Vox construyó parte de su crecimiento denunciando precisamente eso: una izquierda obsesionada con controlar el relato, perseguir opiniones incómodas y convertir cualquier discrepancia en un problema judicial o moral. Pero ahora resulta que cuando las críticas les afectan a ellos, la respuesta ya no es el debate político, ni el choque ideológico, ni la confrontación de argumentos. La respuesta es el abogado.
Y ahí empiezan los problemas. Porque cuando un proyecto político entra en dinámica defensiva, deja de hablar de España, deja de hablar de propuestas y empieza a hablar únicamente de sí mismo. Empieza a obsesionarse con quién le critica, quién le insulta, quién le cuestiona o quién le incomoda en redes sociales. Y eso desgasta enormemente.
La política no consiste en blindarte emocionalmente de las críticas. La política consiste precisamente en exponerte a ellas. Especialmente cuando tu discurso ha sido durante años duro, agresivo y confrontativo. No puedes construir una carrera política basada en la crítica permanente y luego sorprenderte porque te critican a ti.
Y además hay algo todavía más importante: la derecha alternativa europea entendió hace tiempo que muchas veces el ataque mediático se convierte en gasolina electoral. Partidos similares a Vox en Europa han aprendido a convertir la presión mediática, las campañas en redes o incluso el señalamiento político en una herramienta de movilización. Vox, en cambio, parece estar entrando en una fase de institucionalización acelerada: abogados, blindajes, control del relato y protección constante.
Exactamente lo que criticaban del sanchismo. Porque Pedro Sánchez lleva años utilizando un esquema muy parecido: cuando no puede controlar determinadas críticas, intenta desacreditarlas, cercarlas o convertirlas en un problema judicial o mediático. Y Vox, poco a poco, empieza a parecerse demasiado a ese modelo de política defensiva y proteccionista.
Y eso suele tener consecuencias electorales. La gente vota proyectos políticos cuando transmiten fuerza, ideas y convicción. No cuando transmiten susceptibilidad permanente. No cuando parece que el partido está más preocupado por apagar críticas que por convencer a nuevos votantes.
Hoy Andalucía vuelve a medir pulsos políticos importantes. Y más allá de lo que digan las urnas esta noche, hay algo evidente: Vox corre el riesgo de desconectarse de parte de su electorado si sigue dedicando más energía a vigilar quién le critica que a explicar qué quiere hacer con España.
Porque al final, cuando un partido necesita abogados para combatir el ruido político, quizá el problema no esté solo fuera. Quizá empiece a estar dentro.
Miguel Ángel Arranz

.png)




