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¿Y si fuera este el camino ?

  • 27 may
  • 2 min de lectura


Vivimos probablemente uno de los momentos más extraños de la historia moderna. Nunca habíamos tenido tanta tecnología, tanta información, tanta capacidad de comunicación… y, sin embargo, nunca habíamos estado tan solos.


La nueva encíclica del Papa León XIV no habla únicamente de religión. Habla de algo mucho más profundo: del miedo real a que el ser humano deje de ser humano. Y ahí es donde el texto golpea.Porque mientras medio planeta discute sobre inteligencia artificial, algoritmos,productividad,automatización y poder digital, la encíclica plantea una pregunta incómoda que casi nadie quiere formular:


¿Hacia dónde vamos exactamente?


No desde un punto de vista tecnológico. Desde un punto de vista humano. El documento utiliza dos imágenes demoledoras: Babel y Jerusalén.Babel representa una civilización obsesionada con el poder, con llegar al cielo por sí sola, con uniformar a todos y convertir al ser humano en una pieza más del sistema.


Jerusalén representa lo contrario: una comunidad que reconstruye desde la cooperación, desde la dignidad y desde la responsabilidad compartida.

Y sinceramente, cuesta no pensar que estamos construyendo una nueva Babel.


Hoy todo gira alrededor del rendimiento. Del dato. De la rentabilidad. De la velocidad. De la imagen. De la capacidad de producir más, consumir más y competir más.

La persona empieza a valer por lo que genera, no por lo que es.


Y eso no es progreso. Eso es una deshumanización elegante. La encíclica tiene una frase de fondo muy potente: el verdadero peligro no es la tecnología, sino quién controla esa tecnología y para qué fines la utiliza.

Y ahí el texto entra de lleno en uno de los grandes temas de nuestro tiempo: el poder privado global.


Porque hoy muchas grandes tecnológicas tienen más capacidad de influencia que numerosos Estados. Deciden qué vemos, qué pensamos, qué consumimos y hasta cómo nos relacionamos emocionalmente. Y todo eso ocurre mientras millones de personas creen seguir siendo plenamente libres.


La encíclica no demoniza la inteligencia artificial. Y eso es importante decirlo. No cae en el catastrofismo barato. Lo que plantea es otra cosa: que una sociedad técnicamente brillante puede convertirse en moralmente vacía. Y honestamente, basta mirar alrededor.

Personas hiperconectadas y profundamente solas.


Jóvenes con ansiedad permanente. Niños creciendo delante de pantallas antes que delante de personas. Debates públicos convertidos en trincheras. Políticos que hablan como algoritmos. Empresas que llaman “recursos humanos” a seres humanos.

Quizá el problema no era que avanzáramos demasiado rápido.


Quizá el problema es que hemos avanzado sin preguntarnos hacia dónde. Por eso esta encíclica tiene algo distinto. No parece escrita desde el miedo. Parece escrita desde la preocupación por salvar algo esencial antes de que sea demasiado tarde: la dignidad humana.


Y aquí llega la gran pregunta. ¿Y si este fuera realmente el camino? ¿Y si el futuro no consistiera en convertirnos en máquinas perfectas, sino en volver a aprender a ser personas? Porque al final la gran batalla del siglo XXI probablemente no será tecnológica.


Será espiritual, moral y humana. La lucha entre una sociedad que ve personas… y otra que solo ve datos.

Y quizá todavía estamos a tiempo de decidir qué ciudad queremos construir. Babel… o Jerusalén.


Miguel Ángel Arranz

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