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Ábalos abarata las negociaciones

  • 29 ene
  • 2 Min. de lectura


La renuncia al escaño de José Luis Ábalos no mejora su situación jurídica. Punto. No borra hechos, no aclara responsabilidades y no acelera ninguna causa. Quien piense lo contrario se engaña o quiere engañar. La justicia no se detiene ni se suaviza porque un diputado entregue su acta. Lo único que cambia es el tablero político. Y en ese tablero, el beneficiado no es Ábalos: es el Gobierno.


Su salida cumple una función muy concreta: abaratar la negociación parlamentaria. Con Ábalos fuera del Congreso, Pedro Sánchez reduce el coste de cada votación. Ya no necesita grandes gestos ni cesiones visibles: le basta con la abstención de Junts para salvar iniciativas clave. Menos dependencia explícita, menos desgaste público, menos explicaciones incómodas. No es ética, es aritmética.


Se nos vende como un gesto de responsabilidad política cuando en realidad es una operación de mantenimiento del poder. Sacrificar una pieza para proteger al rey. Retirar del foco a un exministro tóxico para que el Ejecutivo respire, negocie mejor y siga adelante sin tener que cargar con el ruido constante de un escándalo que incomoda, pero no derriba.


Y luego está el factor tiempo, que es el más importante y el menos explicado. La renuncia no acelera los procedimientos judiciales; los alarga. Menos presión política, menos urgencia mediática, más margen para recursos, trámites, diligencias y dilaciones perfectamente legales. El resultado es previsible: juicios dentro de diez o doce años, cuando las responsabilidades políticas ya no importen y las sentencias lleguen fuera de calendario electoral. Justicia tardía, que siempre es justicia barata para el poder.


No hay que ser conspiranoico para entenderlo. Basta con conocer cómo funcionan los tiempos judiciales en España y cómo se gestionan los daños desde Moncloa. Aquí no se busca aclarar nada, se busca llegar vivo a la siguiente elección. Y a la siguiente. Y a la siguiente.


Y sí, algún día lo sabremos. Algún día sabremos qué ha pactado un Gobierno corrupto con un exministro corrupto para sostenerse, para comprar estabilidad parlamentaria y para garantizar que la verdad llegue cuando ya no tenga consecuencias políticas. Porque siempre acaba sabiéndose. Lo que nunca se devuelve es el tiempo perdido ni la confianza robada.


Conclusión clara y sin paños calientes: Ábalos no se protege; protege al Gobierno. No hay asunción real de responsabilidades, solo cálculo frío. No hay ejemplaridad, hay supervivencia.

Lo demás es relato. Y el relato, como siempre, lo pagan los ciudadanos mientras el poder gana tiempo.


Miguel Ángel Arranz

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