Óscar Puente reaparece para esta mierda.
- 17 abr
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Óscar Puente desaparece cuando toca asumir desgaste político y reaparece cuando toca montar propaganda. Esa es la secuencia. No comparece para dar explicaciones de verdad. No reaparece para mirar a la cara a las víctimas. No sale para anunciar una auditoría seria, ni una depuración de responsabilidades, ni una revisión a fondo de la seguridad, ni una batería de mejoras concretas. No. Reaparece para presentar una web contra "bulos".
Ese es el nivel.
Cuando un país tiene un problema grave, lo lógico sería esperar verdad, responsabilidad y soluciones. Pero este Gobierno siempre encuentra la forma de convertir cualquier crisis en una operación de maquillaje. Y ahí aparece Óscar Puente, no como ministro de Transportes, sino como jefe de propaganda de una administración obsesionada con controlar el relato. Lo importante ya no es qué ha pasado. Lo importante es domesticar la versión de lo que ha pasado. No arreglar, sino contar. No asumir, sino distraer. No responder, sino etiquetar de bulo todo lo que incomode.
La web famosa no es una solución. Es un símbolo. El símbolo de un Gobierno que cree que la realidad se corrige con comunicación institucional. Como si los fallos, las negligencias, la desconfianza pública o el dolor de las víctimas se resolvieran con un portal, un diseño bonito, cuatro apartados y una narrativa oficial bendecida desde el ministerio. Como si la indignación ciudadana fuese un problema de información y no de credibilidad. Como si la gente estuviera harta por culpa de los "bulos" y no por culpa de años de opacidad, arrogancia y propaganda pagada con dinero público.
Porque además todos sabemos cómo funciona esto. Primero se vende como una herramienta de transparencia. Luego aparece el contrato. Luego el gasto. Luego la empresa adjudicataria. Luego el coste del mantenimiento. Luego la gestión de contenidos. Luego la monitorización. Luego el informe de impacto. Todo un ecosistema de dinero público para fabricar una verdad oficial empaquetada. Y al final, lo de siempre: mucha estética institucional, mucha palabra hueca y muy poca rendición de cuentas.
Lo obsceno no es solo la web. Lo obsceno es el momento. Lo obsceno es sacar este artefacto cuando lo que se exige no es pedagogía gubernamental, sino explicaciones. Lo obsceno es aparecer para combatir versiones ajenas mientras no se combate con la misma energía la sensación de abandono, chapuza y descontrol. Lo obsceno es tratar al ciudadano como a un alumno torpe al que hay que corregirle la comprensión lectora, en vez de tratarlo como a un adulto que merece saber qué falló, quién falló y qué consecuencias va a haber.
Y luego se quejarán de la desafección política. Luego pondrán cara de sorpresa cuando la gente desconecte. Luego dirán que la ciudadanía está crispada, que no atiende a lo importante, que se deja arrastrar por el ruido. Pero si son ellos quienes fabrican el ruido. Si son ellos quienes convierten la política en un escaparate de ocurrencias, aplicaciones inútiles, webs absurdas y campañas de autobombo. Si son ellos quienes degradan lo serio hasta convertirlo en una performance de gabinete.
La política española está enferma de relato. Y este episodio lo retrata perfectamente. En vez de un ministro ejerciendo como ministro, tenemos a un portavoz de sí mismo. En vez de una administración preocupada por aclarar hechos, tenemos una maquinaria preocupada por blindar su versión. En vez de una respuesta institucional a la altura, tenemos una maniobra de distracción de manual.
Óscar Puente reaparece para esto. Para una web. Para otro juguete propagandístico. Para otra soberana tontería envuelta en lenguaje institucional. Y mientras tanto, lo esencial sigue esperando: la verdad completa, las responsabilidades y la sensación de que al menos alguien en el Gobierno entiende la gravedad de lo ocurrido.
Pero no. Han vuelto a elegir el camino más miserable: no resolver el problema, sino gestionar la percepción del problema.
Ese es el sanchismo. Mucha pantalla. Mucho cartel. Mucha pose. Y cuando llega la hora de la verdad, mucha menos altura de la que exige el cargo.
Miguel Ángel Arranz

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